Perfilando la mente de un asesino

La idea de predecir características de un criminal estudiando su aspecto y comportamiento es ya antigua, y desde Césare Lombroso y su obra “L’uomo criminal” publicada en 1876, se le propone una base científica.

Ilustración L´uomo criminal, Césare Lombroso
Ilustración L´uomo criminal, Césare Lombroso

Cuando publica su libro “El delito, sus causas y remedios” sus ideas, basadas en la frenología descrita por Joseph Gall un siglo antes, acerca de una predisposición al crimen heredable y  observable en ciertos rasgos físicos o fisonómicos de los delincuentes (asimetrías craneales, determinadas mandíbulas, orejas, arcos superciliares, etc.) eran ya conocidas en toda Europa y habían cosechado tan buen número de defensores como de detractores.  Mientras que la escuela francesa,  que acude a los Congresos de Antropología Criminal, iniciados en Roma en 1885 y en los que la Escuela Positiva de Lombroso, obtuvo un gran éxito; se vuelca en las causas sociales del crimen,  en Francia se desarrolla, mediante el razonamiento estadístico aplicado a las características físicas, el llamado método Bertillon de Antropometría Criminal.   

Así, desde un principio se estableció un soporte psicobiológico para las teorías acerca de la base constitucional de  la conducta criminal como contraposición a las  teorías metafísicas que, desde Rousseau ponen el acento en las circunstancias ambientales. Esa misma dicotomía es hoy de aplicación para el debate moderno acerca de la situación más claramente relacionada con la conducta violenta, la psicopatía. En palabras de uno de los mayores expertos en el tema, el Dr. Robert Hare:

Muchos investigadores, clínicos y escritores usan indistintamente los términos psicópata y sociópata. Por ejemplo, en su libro El silencio de los corderos, Thomas Harris describe a Hannibal Lecter como un «sociópata puro», pero el guionista de la película prefiere llamarlo «psicópata puro». A veces, se usa el término sociopatía porque es menos probable que se confunda con psicoticismo o locura que la palabra que usamos nosotros: psicopatía.

En su libro The Blooding, Joseph Wambaugh dice de Colin Pitchfork, un violador y asesino inglés: «[…] es una lástima que el psiquiatra no usase en su informe el término “sociópata” en vez de “psicópata”, porque este último provoca cierta confusión. Creo que todo el mundo que tuvo algo que ver con el caso confundió la palabra [psicópata] con “psicótico”». En muchos casos la elección del término refleja la visión del profesional de los orígenes y determinantes de este síndrome (o trastorno) clínico. Por consiguiente, algunos clínicos e investigadores, así como la mayor a de sociólogos y criminólogos, que creen que el síndrome está forjado por entero de factores sociales o experiencias infantiles prefieren el término «sociopatía», mientras que aquellos —incluido el autor—que entienden que también contribuyen elementos biológicos, psicológicos y genéticos usan el término «psicopatía». Un mismo individuo, por lo tanto, podría ser diagnosticado de sociópata por un experto y de psicópata por otro.”

Una de las principales características de los psicópatas, tal y como los define la Hare Psychopathy Checklist en su última versión revisada (PCL-R) es su eficacia para predecir en ellos una alta probabilidad de recidiva violenta y es que la alta probabilidad de repetición, del comportamiento criminal con una marcada dificultad para la reinserción social del sujeto, es inherente a la condición del criminal psicópata. Esto no ocurre de la misma forma en el caso del diagnóstico de Trastorno de Personalidad Antisocial según DSM-IV, que resulta menos predictiva de dicho riesgo.   

Por ello, la prevalencia del diagnóstico de psicopatía entre los asesinos en serie es muy elevada (cercana al 90%) así como la coexistencia de criterios de otros síndromes, como por ejemplo el Trastorno Sádico de la Personalidad tal y como lo define el Apéndice del DSM-III R estaría presente en más del 85%.

El asesino de Whitechapel que conocemos como “Jack The Ripper” era un psicópata varón, tal y como indican los testigos, que vieron a las víctimas acompañadas poco antes de los asesinatos y como se deduce del uso de la  fuerza que tuvo que hacer el asesino para asfixiar a sus víctimas y para realizar los cortes y mutilaciones ( como ya comentamos en la entrada sobre “Modus Operandi, firma y escenario”). Era, además, un hombre entre 25 y 45 años, de apariencia algo desaliñada pero correctamente vestido, según los mismos testigos y a pesar de las variaciones entre sus declaraciones. En mi opinión, de sus acciones se deduce que era un asesino organizado (al menos parcialmente), capaz de conocer las rutas y horarios de las batidas policiales, de engañar a sus víctimas para que lo llevasen  a un lugar apartado y de huir después de una zona densamente vigilada, a menudo con “trofeos” extraídos de sus víctimas. Una reciente revisión del caso, ha aportado incluso un retrato robot del asesino que reproducimos, si bien es dudoso que hubiese datos suficientes para realizarlo por las declaraciones de los testigos.

Jack el destripador, retrato robot
Jack el destripador, retrato robot

Demostró una evidente habilidad con el cuchillo, trabajando a oscuras y con mucha prisa; cortaba siempre los grandes vasos del cuello de sus víctimas, asegurando previamente mediante la asfixia unas mayores garantías de éxito en su tarea, la  extracción del útero de  Annie Chapman se realizó con un único corte de cuchillo e incluyendo el cérvix mediante la sección de la zona superior del canal vaginal,  el riñón izquierdo de Eddowes fue “cuidadosamente extraído” según la autopsia, seccionando vasos hiliares y ureter, los órganos de Kelly fueron extraídos individualmente, uno por uno.  Puede que fuese un  matarife, un  carnicero, un estudiante de medicina o incluso un cirujano; pero también puede que fuese simplemente un cazador furtivo de ciervos y que hubiese aprendido a destriparlos en el campo.

Evidentemente, resulto ser un asesino adelantado a su tiempo, la policía no disponía aún de la metodología científica y forense adecuada para poder detenerlo, si este mataba a desconocidas y no era atrapado “in situ” o huyendo. Pero hoy sigue siendo un caso especial, si no único. Sólo asesinó a prostitutas, probablemente por la mayor facilidad para conseguir la necesaria intimidad con ellas, aunque tampoco puede descartarse un móvil diferente (desde la obsesión religiosa propuesta por el Dr. Forbes Winslow  hasta el contagio venéreo mortal de la historia del Dr. Stanley pasando por los rituales de magia negra o la conspiración masónica movida por la Casa Real británica).

Ilustración, Escenaio del crimen
Ilustración, Escenaio del crimen

Del análisis del escenario, podemos concluir que dejaba a la mayoría de sus víctimas expuestas a la vista, mostrando para mayor degradación sus genitales  y mutilaciones, en posiciones determinadas por el asesino. Su firma incluía la marca del asesino sexual y sádico, aunque no hubiese signos de violación pre (aunque esto último hubiese sido difícil de demostrar y diferenciar de otros clientes)  ni post-mortem, ni se observó semen en el escenario. Utilizaba un gran despliegue de fuerza para obtener sensación de poder y control, mataba de forma rápida, silenciosa y eficaz y después se dedicaba a las mutilaciones, el componente principal de su firma y conocido como picquerismo, la obtención de placer sexual mediante el uso de un arma blanca (sustituto simbólico del pene) para  apuñalar, cortar o mutilar.  Esto es lo que le llevaba al encarnizamiento (“overkill”) cuya medida dependía del tiempo y las condiciones del asesinato. Así, Stride no sufrió mutilaciones además de ser degollada porque el asesino fue interrumpido por un vecino conduciendo su carro tirado por un pony al interior del patio escenario del crimen; frustrado el asesino en su excitación creciente y a pesar de la alarma policial de la zona, obtuvo una nueva víctima (Eddowes), a la que mutiló de forma severa el abdomen y la cara. La culminación, no obstante, se produjo con la muerte de Mary Kelly, como puede observarse en las fotos del crimen.

Esta firma es muy infrecuente, incluso cuando se compara con una amplia base de datos contemporánea de 3.359 casos de homicidio ocurridos en Washington entre 1981 y 1995.  

La obtención de trofeos de varias de las víctimas; úteros -cargados probablemente de significa

do para el asesino y que nosotros sólo podemos intuir sin oir su propia explicación-riñón y corazón, le permitirían fantasear posteriormente con los asesinatos para volver a obtener una excitación, que a su vez le conduciría a matar de nuevo como el toxicómano, con “craving” y síndrome de abstinencia de su droga.

Pero, además, si consideramos auténtico el contenido de la carta “From Hell”, el destripador añadió el canibalismo a su amplia lista de conductas criminales, comiéndose frito medio riñón de Eddowes, quizá tras comprobar que el útero de Annie Chapman era duro y difícil de comer. Es otra de las características del Serial Killer que hemos visto después tanto en la realidad (Andrei Chikatilo) como en la ficción (Hannibal The Cannibal) y que es interpretable como un “consumo”, en la época del capitalismo, remarcando la negación de la víctima como sujeto que pasaría a ser mercancía y el nacimiento de un nuevo “Yo”-consumidor y trasgresor- al que se le llama “postmoderno”.

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